“Hay!, la puta madre!”, gritó asustada la abuela Elda al verme entrar a la casa de la tía Ucha al grito de “Abuela!, ¿dónde carajo dejaste la comida del gato?”.
Y así fuimos entrando de a uno a la pequeña y cálida cocina que habíamos pisado, algunos de nosotros, hacía más de quince años atrás, cuando sólo éramos niños.
Los ojos de la abuela Elda se agrandaban cada vez más al ver que la cocina se llenaba de gente, un nieto tras otro. Y ocupamos todo. Habíamos llegado sin problemas, luego de una simple organización y tres horas y media de viaje.
-Vinieron todos, ¿qué hacen acá?
-Bueno, en realidad, decidimos venir porque queríamos que nos lleves a Saforcada. Queremos conocer el pueblo donde viviste. –explica el primo Pablo-
-¿A Saforcada?, hace años que no voy allá. La última vez que lo hice fue cuando me invitaron a leer el poema que le hice al pueblito en la escuela. Todos todos vinieron –seguía tratando de caer en el instante-
-Todos sí.
Fuimos seis los nietos que viajamos: Mariano, Bianca, Marcelo, Florencia, Pablo y yo.
Lorena y Constanza se encontraban en México y Uruguay, respectivamente. No hubieran dudado en viajar a Junín si estuviesen en Buenos Aires.
Salimos al patio a tomar mate y tocar un poco la guitarra luego de almorzar. Todo parecía más chico e intacto a la vez, como si nunca hubieran movido ni una silla de lugar. Todo permanecía. Aún más chico a medida que te acercabas a las cosas. Habían pasado unos cuántos años, y todo tan igual.
Las calles vacías y llenas a la vez. De aire. Bancos de plaza en las puertas de las casas que invitan a tomar mate a los vecinos. Olor a Junín por todos lados. Olor a Junín en la vereda, en el pasto, en la puerta del garage de la tía Ucha y en el cordón.
El cielo se despejó automáticamente y luego de nuestro arribo. Se abrían las puertas para viajar esos once kilómetros hacia Saforcada.
Y así fuimos entrando de a uno a la pequeña y cálida cocina que habíamos pisado, algunos de nosotros, hacía más de quince años atrás, cuando sólo éramos niños.
Los ojos de la abuela Elda se agrandaban cada vez más al ver que la cocina se llenaba de gente, un nieto tras otro. Y ocupamos todo. Habíamos llegado sin problemas, luego de una simple organización y tres horas y media de viaje.
-Vinieron todos, ¿qué hacen acá?
-Bueno, en realidad, decidimos venir porque queríamos que nos lleves a Saforcada. Queremos conocer el pueblo donde viviste. –explica el primo Pablo-
-¿A Saforcada?, hace años que no voy allá. La última vez que lo hice fue cuando me invitaron a leer el poema que le hice al pueblito en la escuela. Todos todos vinieron –seguía tratando de caer en el instante-
-Todos sí.
Fuimos seis los nietos que viajamos: Mariano, Bianca, Marcelo, Florencia, Pablo y yo.
Lorena y Constanza se encontraban en México y Uruguay, respectivamente. No hubieran dudado en viajar a Junín si estuviesen en Buenos Aires.
Salimos al patio a tomar mate y tocar un poco la guitarra luego de almorzar. Todo parecía más chico e intacto a la vez, como si nunca hubieran movido ni una silla de lugar. Todo permanecía. Aún más chico a medida que te acercabas a las cosas. Habían pasado unos cuántos años, y todo tan igual.
Las calles vacías y llenas a la vez. De aire. Bancos de plaza en las puertas de las casas que invitan a tomar mate a los vecinos. Olor a Junín por todos lados. Olor a Junín en la vereda, en el pasto, en la puerta del garage de la tía Ucha y en el cordón.
El cielo se despejó automáticamente y luego de nuestro arribo. Se abrían las puertas para viajar esos once kilómetros hacia Saforcada.